EL VAGABUNDO PROFETA
Te fuiste igual que llegaste, silencioso, sin hacerte notar. Creo que siempre te vi en el mismo sitio, subido a tu caja de naranjas gritando y blasfemando contra todo y todos, que si en los políticos no se podía confiar, que si los banqueros eran unos ladrones, que los abogados eran unos interesados y todos los que pasabamos por allí que si eramos unos aburguesados que no nos enfrentábamos a la realidad....
Al principio no te hacia ningún caso, sólo pensaba que eras un vagabundo chalado que gritaba estupideces subido en una caja. Eras la distracción que tenía de camino entre mi casa y el trabajo; al que miraba con una pizca entre lástima y humor por tus conjeturas y tus ideales. Lo fácil era que yo si me fijara en tí, pero no que tú te fijaras en mí, ya que yo sólo era unos más de los cientos que pasaban delante tuya al cabo del día. Pero no se que me viste aquel día en el que me paré delante tuya a escucharte unos momentos y te dirigiste a mí; no era muy común que te fijaras en nadie en especial, tus gritos eran casi siempre a la multitud. Ese día me llamaste pobre burgués, me dijiste que despertara y empezara a ver la realidad que me rodea; te contesté que yo siempre ando con los ojos bien abiertos y que no me hacía falta que ningún profeta de tres al cuarto me dijera lo que tengo que hacer con mi vida. Seguiste hablando de lo que importa realmente en la vida, que el dinero era la gran enfermedad de nuestra época, la ámbición de poseer todo lo que nos ofrecen por la televisión, las vidas prefabricadas que nos obligan a aceptar desde que somos pequeños. Yo empezando a indignarme con el vagabundo le contesté que yo siempre hice lo que quise, estudíe lo que me gustaba, trabajaba de lo que habia estudiado y que me había enamorado y desenamorado como todo el mundo; me marché bastante furioso, pero con la intención de no volver a pensar en aquella conversación y con el propósito de que cada vez que pasase por delante del vagabundo profeta no hacerle ningún caso.
Cada vez que pasaba por allí dejaba de gritar su habitual discurso, se dirigía a mí y me llamaba burgués y que tuviera los ojos bien abiertos. Yo me limitaba a decirle que me dejara en paz y seguia camino del trabajo.
Aquella mañana al pasar por donde se ponia el vagabundo vi un gran cúmulo de gente, muchas más de la habitual, me acerqué por curiosidad haber que tramaba ese viejo loco para atraer a tanta gente. Me fuí haciendo hueco entre las personas hasta que detuvo mi paso una cinta de plastico de la policía, de las que utilizan para acordonar una zona por un crimen. Él estaba alli boca abajo destrozado a golpes y con el cuerpo chamuscado. La noche anterior unos skin heads se habían ensañado con él, le habían golpeado hasta dejarlo sin conocimiento, luego lo habían rociado con gasolina y le habían prendido fuego.
Todo se olvidó pronto para la mayoria de la gente, nadie iba a echar en falta a un pobre vagabundo, a los asesinos nunca llegaron a cogerlos, aunque todos sospechábamos quienes eran porque pandillas de skin heads por tu barrio no hay muchas. Yo lo sigo echando en falta, ya no paso por su sitio para ir al trabajo, voy por otro camino, que realmente es mas corto que por el que iba antes. La verdad que siempre pasaba por alli para ir a trabajar porque él era el único que hacía que me replanteara la vida, que la mirara como una joya que no despreciar como mi única maleta y como mi bagaje. Ahora que no está él prefiero no pasar por alli, todo me recuerda a ese viejo loco, cuánto le echo de menos...
Al principio no te hacia ningún caso, sólo pensaba que eras un vagabundo chalado que gritaba estupideces subido en una caja. Eras la distracción que tenía de camino entre mi casa y el trabajo; al que miraba con una pizca entre lástima y humor por tus conjeturas y tus ideales. Lo fácil era que yo si me fijara en tí, pero no que tú te fijaras en mí, ya que yo sólo era unos más de los cientos que pasaban delante tuya al cabo del día. Pero no se que me viste aquel día en el que me paré delante tuya a escucharte unos momentos y te dirigiste a mí; no era muy común que te fijaras en nadie en especial, tus gritos eran casi siempre a la multitud. Ese día me llamaste pobre burgués, me dijiste que despertara y empezara a ver la realidad que me rodea; te contesté que yo siempre ando con los ojos bien abiertos y que no me hacía falta que ningún profeta de tres al cuarto me dijera lo que tengo que hacer con mi vida. Seguiste hablando de lo que importa realmente en la vida, que el dinero era la gran enfermedad de nuestra época, la ámbición de poseer todo lo que nos ofrecen por la televisión, las vidas prefabricadas que nos obligan a aceptar desde que somos pequeños. Yo empezando a indignarme con el vagabundo le contesté que yo siempre hice lo que quise, estudíe lo que me gustaba, trabajaba de lo que habia estudiado y que me había enamorado y desenamorado como todo el mundo; me marché bastante furioso, pero con la intención de no volver a pensar en aquella conversación y con el propósito de que cada vez que pasase por delante del vagabundo profeta no hacerle ningún caso.
Cada vez que pasaba por allí dejaba de gritar su habitual discurso, se dirigía a mí y me llamaba burgués y que tuviera los ojos bien abiertos. Yo me limitaba a decirle que me dejara en paz y seguia camino del trabajo.
Aquella mañana al pasar por donde se ponia el vagabundo vi un gran cúmulo de gente, muchas más de la habitual, me acerqué por curiosidad haber que tramaba ese viejo loco para atraer a tanta gente. Me fuí haciendo hueco entre las personas hasta que detuvo mi paso una cinta de plastico de la policía, de las que utilizan para acordonar una zona por un crimen. Él estaba alli boca abajo destrozado a golpes y con el cuerpo chamuscado. La noche anterior unos skin heads se habían ensañado con él, le habían golpeado hasta dejarlo sin conocimiento, luego lo habían rociado con gasolina y le habían prendido fuego.
Todo se olvidó pronto para la mayoria de la gente, nadie iba a echar en falta a un pobre vagabundo, a los asesinos nunca llegaron a cogerlos, aunque todos sospechábamos quienes eran porque pandillas de skin heads por tu barrio no hay muchas. Yo lo sigo echando en falta, ya no paso por su sitio para ir al trabajo, voy por otro camino, que realmente es mas corto que por el que iba antes. La verdad que siempre pasaba por alli para ir a trabajar porque él era el único que hacía que me replanteara la vida, que la mirara como una joya que no despreciar como mi única maleta y como mi bagaje. Ahora que no está él prefiero no pasar por alli, todo me recuerda a ese viejo loco, cuánto le echo de menos...

2 Comments:
hey, interesantes escritos. Que lamentable que hayas dejado de escribir hace tanto tiempo. llegue a tu blog por casualidad ya que la palabra “maldita” generalmente une a los locos que recorren los mismos senderos. Si estas por ahi pues te envio un abrazo a la distancia.
Bonjour, el-escritor-maldito.blogspot.com!
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